La sima de Gotland era antaño un lugar sin interés, un accidente geográfico ligado a la tenebrosa época de la Guerra Sin Nombre. Habría seguido así durante cientos de años más si por accidente un grupo de prospección no hubiese quedado aislado en medio de una tormenta de nieve y hubiese tenido que buscar refugio en su interior. Fue en aquella primera expedición improvisada cuando, tras descender casi un centenar de metros, las linternas de los mineros iluminaron las profundas galerías del palacio subterráneo de la Emperatriz Blanca. Y fue entonces cuando oyeron su voz.
Gotlandburg
Una de las pocas ciudades construidas a partir de la nada que existen en el continente, Gotlandburg se extiende en anillos concéntricos en torno a la boca de la sima que le da nombre. Dedicada casi en exclusiva al comercio derivado del peregrinaje, su destino lo decide un Consejo Rector formado por sabios, personajes influyentes y los más ancianos del lugar. Sin embargo la verdadera autoridad de la ciudad es la Emperatriz, que a través de sus predicciones hace las veces de estadista, líder religiosa y oráculo.
Un estricto sistema de castas estipula quién puede acercarse a la sima y cual es su labor. Después de los miembros del Consejo, los siguientes en importancia son los funcionarios y agentes del censo, que llevan su metódico análisis de lo que ocurre en la península hasta límites enfermizos. Fuera de Gotland es fácil reconocer a un censador: la pila de cuadernos, los cilindros de cera para grabar sonidos y las cámaras fotográficas de varios tamaños le delatan. Si en el mundo post-catástrofe la información es sinónimo de poder y riquezas, en Gotlandburg han convertido su búsqueda en una forma de vida. (...)
